Todo comienza en aquel momento: yo estaba en casa, parecían ser las 5:00 p.m. Me encontraba con mis padres y mi hermano Abraham. Nada fuera de lo normal. Lo que recuerdo bastante bien es aquella preocupación, terror y nervios que sentía, más aún por el silencio que manteníamos.
Mi padre dijo: "No hagan ruido ni se les ocurra salir, porque es seguro que ellos están allá afuera. Yo voy a salir, ustedes cierren la puerta. Ahora regreso".
Yo no entendía en ese momento a quienes se refería mi padre al decir "Ellos", pero qué pánico me causaba el ver que abría la puerta y tomaba el rifle con algunos cartuchos.
Le pregunté a mi madre quiénes eran ellos, por qué debíamos estar en silencio.
A lo que ella no quiso responderme, se mantenía tan preocupada por ver que mi padre regresara con bien.
Durante el tiempo que estuvimos ahí, me acerqué a la ventana que estaba del lado derecho; apenas y con mi dedo levanté la cortina para ver lo que había; logré ver el clima, era un día con nubes demasiado grises, tanto que parecía que lluvería, pero el ambiente no era el mismo, no había movimiento alguno. El viento estaba tan tranquilo, no alcancé a ver a ningún vecino, en absoluto nada. Sabía que algo andaba mal.
Los brazos de Abraham se encontraban abrazando fuertemente mi chamarra (Recuerdo estarla usando, puesto que hacía un poco de frío) él se encontraba tan aterrado, su mirada estaba llena de lágrimas y expresaba mucha preocupación. De alguna forma trataba de tranquilizarlo pero él lloraba, eso me alarmaba cada vez más, hablábamos únicamente susurrando.
La situación me desesperaba conforme pasaba el tiempo y en un momento decidido abrí la puerta y salí.
Mi madre me decía:-Entra hija, porfavor, rápido-. Antes de hacer caso a sus palabras observé todo alrededor. Se encontraba la calle tan solitaria, sin vida. Salí de casa para ir en busca de mi padre. Tome rumbo hacía el centro del pueblo. Me recordaba a viejas películas donde hacían mención sobre "Pueblos fantasma" puesto que parecía estar en uno de ellos.
Como lo había mencionado; ya era tarde, se estaba oscureciendo, así que me daba prisa por llegar al centro. Faltaba poco, cuando me topé con un par de perros que agresivamente comenzaron a ladrar, así que creí la posibilidad de encontrar a alguna persona cerca de ahí. Caminé más rápido antes de que la noche me alcanzará, pero no, nada. Busqué, grité y nuevamente nada.
Al darme cuenta de lo recién sucedido, ya estaba perdida en el bosque, sola, en medio de la noche.
Comencé a llorar, me causaba tanto pánico, miedo y preocupación. Sentía que moriría ahí, peor aún sabiendo que por mi desobediencia había dejado solos a mi madre y el pequeño Abraham, sin siquiera haber encontrado rastro alguno de mi padre.
El lugar donde estaba: al parecer tenía una inmensa cantidad de plantas, el suelo era muy húmedo, y el aire muy fresco, así que creí estar próxima a llegar a un río.
Sin conocer ni tener idea alguna, di marcha avanzando a mi suerte...
De pronto y de manera inexplicable todo cambió. Llegué misteriosamente a una carretera, así que seguí caminando. Me detuve para observar y analizar hacía dónde iba realmente, cuál era mi destino.
Pude notar algo extraño en ese momento; la hora. Nuevamente parecía atardecer. De inmediato pensé que debía darme prisa por intentar llegar a casa. Poco a poco comencé a reconocer el camino. Una vez que ya había entrado en cuenta de que dónde me encontraba era en un barranco por el que acostumbro pasar cada que me dirijo al centro del pueblo, me sentía más tranquila , pues sabía que ya no estaba lejos de mi hogar.
Lamentablemente mi tranquilidad no duró demasiado; antes de poder cruzar siquiera, vi a mi hermano Miguel del otro lado del camino, aproximadamente unos 10 metros de distancia de mi. Por las expresiones en su cara pude notar que se encontraba enojado y preocupado al mismo tiempo.
Me dijo- ¡Rubí, date prisa! ¡Rápido! Tenemos que llegar a casa, se hace tarde. Corremos peligro. ¡Pasa rápido!- Por la manera en cómo lo dijo parecía más un regaño. Comencé a caminar en dirección suya; de repente en un abrir y cerrar de ojos todo cambió; En el camino aparecieron cientos de cuerpos humanos, descubiertos de ropa. Todos tendidos sobre el suelo, no hacían movimiento alguno y su piel era demasiado pálida que parecían ya no tener vida. Al ver esto no podía entender nada y me provocó bastante miedo que me negué a cruzar.
Miguel cada vez más alterado me gritaba-¡RUBÍ, DATE PRISA CARAJO!, ¡PASA SOBRE ELLOS, YA ESTÁN MUERTOS! ¡POR FAVOR! ¡VÁMONOS! ¡NOS ESTAN PERSIGUIENDO, NO QUEDA TIEMPO, CORRE!-. Yo buscaba otras alternativas, pero era inútil. Cuando volteé a observar a qué se refería con la frase "NOS ESTÁN PERSIGUIENDO"; Alcancé a ver varias siluetas obscuras a distancia, no logré identificarlas muy bien, pues el Sol estaba desapareciendo entre las montañas y los pocos rayos de luz se estaban acabando. Lo que sí estaba segura, es que aunque tenían aspecto humano, no parecían ser personas normales. Por la situación que estaba atravesando, comencé a entrar en una crisis nerviosa, dónde estaba dando todo por perdido.
Pero, en un increíble momento, tomé fuerza y valor de mi interior, y puse mis pies sobre aquellos cuerpos.
Mientras lo hacía, miraba sus rostros de algunos, pero no alcancé a reconocer a nadie. Eso me confundía, pero al mismo tiempo me ponía a pensar y llegar a la idea de que aquellas siluetas de las que Miguel mencionaba que nos perseguían eran las mismas a las que mi padre se refería cuando dijo "Ellos", y sin más dudar, responsables de esas centenas de cadáveres.
Estaba a punto de llegar hasta donde se encontraba Miguel, de pronto el camino pasó a ser más inclinado cada vez, por lo que tenía que avanzar gateando. Miguel intentaba ayudarme, así que se agachó puesto que estaba en la parte alta y estiró el brazo, pero antes de poder alcanzarlo siquiera ; uno de los cuerpos que estaba a lado izquierdo, abrió los ojos y mirándome fijamente, con sus manos escalofriantes manos, me tomó de los hombros con demasiada fuerza que logró hacer que cayera.
Los cuerpos que, según, creía yo estaban sin vida; comenzaron a abrir los ojos y a moverse, susurrandome cosas, y con sus manos a arrastrarme por debajo de ellos, algunos me tomaban con demasiada fuerza de los pies y las manos. Me forsejeaba, y luchaba por que me soltaran, pero cada intento era inútil.
Mientras tanto, Miguel muy aterrado continuaba gritándo. Aún podía escucharlo, pero no podía hacer más; era como si la tierra realmente me estaba tragando, y esa sensación de estar en medio de esos cuerpos era tan frustrante. Con mis últimas palabras y con mi poca fuerza restante le gritaba que se fuera, que se pusiera a salvo, que encontrara a nuestro padre, que se fueran lejos.
Cada instante veía menos. La obscuridad de la tarde y la forma en que desaparecía por medio de los cuerpos, únicamente tenía tanto pánico.
No sabía ya nada de qué estaba pasando, dónde estaba yo, qué sucedería conmigo. Esas siluetas, qué pasó con ellas, mi familia, estarían a salvo.
No lo sé, me quedé sola, en silencio, pérdida.
FIN.